Hay una habitación. Una cama con sábanas claras. Una planta en una maceta junto a la ventana.

Primeros dedos en la sábana

Ella está de lado. Los brazos doblados, una mano bajo la mejilla. Las otras dos personas están en el centro de la cama. La otra mujer boca arriba. El hombre encima de ella.

Una mujer acostada de lado, otra mujer acostada boca arriba

Su mano izquierda reposa sobre la sábana, a la altura de su hombro. Los dedos ligeramente curvados, quietos. La mano derecha de ella está sobre su espalda. No se mueve.

El brazo de la mujer de abajo se extiende hacia el borde de la cama. La palma hacia arriba, abierta.

La mujer de lado observa. Sus rodillas están dobladas. Sus pies con tatuajes se rozan.

Nadie habla. El aire se mueve lento. La luz cae sobre las sábanas blancas.

El cuerpo del hombre cubre casi por completo a la mujer que está debajo. Solo se ve su pelo y el brazo extendido.

La mano de la mujer de lado se ajusta bajo su propia cabeza. Un dedo con un anillo toca su sien.

Así empieza. Con quietud. Tres personas en una cama, en silencio. Los primeros segundos.

La punta del pie de la mujer de abajo toca la pantorrilla del hombre. Es un contacto leve, casi accidental.

Él respira. Su espalda sube y baja. La mano sobre ella permanece.

Ese es todo el movimiento. El principio.

Sus manos en su cara

Él se levanta sobre sus codos. Su cuerpo ya no pesa sobre ella del todo. Sus manos suben por la almohada, lentas. Se detienen a los lados de la cabeza de ella, enmarcándola. Los dedos se abren. Las palmas se hunden un poco en la suavidad de la almohada.

Ella no mueve la cabeza. Mira hacia arriba, a él.

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Sus manos bajan entonces. Las yemas de los dedos tocan primero las sienes. Después, las palmas cubren por completo sus mejillas. La presión es suave pero firme. Su piel queda caliente bajo sus manos. Él no aprieta. Solo sostiene.

Una de sus manos se queda quieta, plana contra su mejilla. La otra se mueve. El pulgar de esa mano traza una línea lenta desde su sien, pasando por la comisura de sus ojos, hasta llegar a su pómulo. Allí se detiene, apoyando solo la punta del dedo. Es un contacto mínimo, preciso.

Él se inclina un poco más. Su sombra cubre más de su cara. La mano que estaba quieta se ajusta, los dedos se cierran un poco más alrededor de la curva de su mandíbula. Es como si midiera el contorno de su rostro, sin llegar a apretar.

Luego, él baja. Todo su peso regresa de golpe. Su pecho aplasta su pecho. Su vientre contra el suyo. Su cara se entierra en el hueco de su cuello, junto a la almohada.

Las manos se despegan de su rostro bruscamente. Ya no las sostiene en el aire. En la caída, su brazo derecho queda atrapado entre sus dos cuerpos, doblado en un ángulo incómodo. Su mano izquierda aterriza de lado sobre la sábana, cerca de la cabeza de ella, los dedos semiabiertos.

Ella parpadea. La presión sobre su cuerpo es total ahora. Él no se mueve. Ella respira hondo, y su pecho se eleva contra el de él.

La mano que quedó atrapada entre ellos intenta moverse. Los nudillos rozan su costado. Los dedos se flexionan, buscando un espacio donde no lo hay. Finalmente, se queda quieta, aplastada.

Un dedo en la boca

Él se separa un poco de ella, solo lo suficiente para liberar su brazo derecho. Su mano sube, pasa junto a la cara de la mujer con los tatuajes, que observa, y se posa sobre la boca de la de la camiseta blanca. La yema de su dedo índice toca primero el labio inferior. Ella no abre los ojos.

El dedo presiona, se desliza hacia dentro. Los labios de ella ceden. Él lo introduce hasta el primer nudillo, luego un poco más. La boca se cierra alrededor del dedo, suave, sin apretar. Él lo deja ahí, quieto, por unos segundos largos. La respiración de ella se mueve alrededor de su piel.

Luego lo retira, húmedo. La mano baja y se apoya de nuevo en la sábana, junto a la cabeza de ella. Él vuelve a hundirse, a cubrirla por completo con su peso. Su brazo izquierdo, que había permanecido a un lado, se desplaza ahora y su mano termina sobre el hombro de ella, inmóvil.

  • Un cojín, aplastado contra el cabezal de la cama. Termina en el suelo, sin que nadie lo recoja.
  • Un mechón de pelo de la mujer de la camiseta blanca, pegado a su sien por una ligera humedad. Se seca solo minutos después.
  • La sombra de la maceta, que se alarga sobre el piso. Nadie la mira.
  • El silencio de la habitación, que por un minuto es absoluto, roto solo por el roce de la tela.

La mujer con los tatuajes mira la nuca del hombre, luego el perfil de su amiga. Sus propias manos siguen quietas, una sobre su muslo, la otra junto a la cadera de la otra mujer. No las mueve.

Una mujer inclinada sobre otra mujer, que está de rodillas

De la palma al vidrio

Su mano derecha sigue sobre el costado de ella, ahora quieta, pesada. La otra mano, la que llevó a su boca, se apoya en la sábana, hundiéndose un poco en la tela clara, como anclándose antes del siguiente movimiento.

Él vuelve a descender, todo su peso sobre ella. Pero no es el mismo peso de antes. Ahora es un gesto más lento, como si calculara el espacio que ocupa. Su mano derecha, la que estaba en su costado, se desliza y termina posándose, muy plana, en el centro de su pecho, justo sobre la tela blanca de la camiseta. No agarra, no acaricia. Simplemente se queda ahí, una losa de calor.

Un cambio de posición

Entonces, algo se quiebra. O se decide. La mujer debajo de él, aquella con la camiseta blanca, empuja con las palmas de sus manos contra el colchón, contra sus propios muslos. Es un movimiento incómodo, torpe, porque él todavía está encima. Pero él cede, se levanta sobre sus rodillas, y ella, de un impulso, hace lo mismo. Se sientan uno frente al otro, arrodillados sobre la cama, respirando. La sábana se arruga profundamente bajo sus rodillas.

La otra mujer, la de los tatuajes, observa un instante. Sus dedos con anillos se cierran sobre la sábana, como si fuera a levantarse también. Pero en lugar de eso, se acerca de rodillas, deslizándose por la cama. Se inclina sobre la espalda de su amiga, la de la camiseta blanca. Su pecho roza la espalda de la otra, y sus manos buscan las caderas de la mujer que está delante, agarrándolas con firmeza.

De quién Qué sostienen Qué hacen después
La mujer de la camiseta blanca Sus propias palmas presionan el colchón. Empuja su cuerpo para incorporarse.
El hombre Su peso sobre la mujer. Cede el espacio y se arrodilla.
La mujer de los tatuajes La sábana con una mano. Se desliza sobre las rodillas.
La mujer de los tatuajes Las caderas de la otra mujer. Las sujeta con fuerza, acercándose.
La mujer de la camiseta blanca El aire, con las manos ya libres. Las deja caer sobre sus muslos.
El hombre Nada, las manos en el vacío. Las retira y comienza a retroceder.

Las manos del hombre, ahora sin nada que tocar, se cierran y se abren. Se aleja unos centímetros, todavía de rodillas, pero el gesto es claro: se está yendo del centro de la acción. Su figura comienza a desdibujarse hacia el borde de la cama.

En la habitación, al final de estos minutos, quedan solo estos objetos detenidos:

  • La sábana clara, llena de pliegues y hundimientos.
  • La planta en su maceta, inmóvil en un rincón.
  • La luz de la lámpara sobre la mesilla.
  • La sombra de los cuerpos en la pared.
  • El vacío que deja el hombre al retirarse.

Las dos mujeres se mantienen arrodilladas, un bloque compacto. La de atrás ajusta su agarre en las caderas de la de delante, cuyos dedos se hunden ahora en la tela de sus propios pantalones, azules con rayas blancas. Ninguna mira hacia donde él se fue.

Manos que no encuentran su lugar

Él se levanta de la cama y desaparece del espacio que ocupaba. Sus manos salen con él.

Las dos mujeres se quedan arrodilladas sobre las sábanas claras. La mujer con la camiseta blanca mira hacia el lugar vacío. Sus manos, sin nada que las llame, cuelgan inertes a los lados de su cuerpo.

La otra, la de los tatuajes, se ajusta el borde de sus bragas azules con una mano. La otra mano se apoya en el colchón, los dedos hundidos en la tela.

Un minuto pasa.

La mano de la mujer tatuada se despega del colchón. Busca en el aire, por un instante, un lugar donde posarse. Termina cayendo, casi por descuido, sobre el muslo de la otra. Sus dedos con tinta descansan sobre la tela blanca de la camiseta, quietos.

Allí se quedan. La mujer de la camiseta blanca no se mueve. No aparta la mano ajena. No la acerca. La planta en la maceta sigue en su rincón. Las manos, solo estas dos, esperan.